external image 10309793.1701729e.240.jpgPlaza del Cordón y calle de La Puebla

Quinta etapa del segundo paseo literario

El Condestable Velasco
gozóse en tan gran mansión,
fuera humildad, un cordón,
dentro, sedas de Damasco.
Mirad del arte primores
pero cerrad vuestra boca
que anda por los corredores
la locura de la Loca.

Julián Velasco de Toledo, Curvas de luz

external image 10309795.085abfe6.240.jpgTodos juntos ya, descendimos por la escalera de la torre que da a la puerta principal de la Casa Palacio y la gran entrada acristalada del patio renacentista remozado y entechado por modernos maestros de obras, convertido, por las circunstancias, en patio de operaciones bancarias y hoy excepcionalmente en Salón del Trono.
El aspecto era impresionante, parecía el decorado de una película histórica de los años cincuenta o el de un teatro festivalero. Un tablado similar a los usados por las bandas de rock, todo forrado de moqueta roja con dos sillones atronados, flanqueados por maceros adamasquinados que habían sido cedidos por el Ayuntamiento. [...]
—Hala "p'alante", que no muerden —le dije en plan castizo para darle ánimos.
external image 10309791.2675d051.240.jpgLe seguí yo a una distancia prudencial por si ocurría algún contratiempo. Olegario andaba vacilante y temeroso, pero se atuvo a las instrucciones y cláusulas del Fuero Juzgo en lo que atañe al protocolo real. Debía ser el que primero hablara en su condición de plebeyo. La fórmula palaciega de: "a los pies de vuestras majestades" fue transformada por causa de su nerviosismo en un: —¿Cómo están vuesas mercedes...? Una pregunta tan televisiva y popular que todas las autoridades allí congregadas contestaron a coro:
—¡Biennn...!
El rey sonrió y dijo mayestáticamente:
—Sosegaos, Olegario, sosegaos, que somos de confianza.

Virgilio Mazuela, Carlos de la Sierra, Olegario, el del Centenario

external image 10309790.1e30805b.240.jpgOcupando casi exactamente la actual plaza de la Libertad, se encuentra la plaza de la Comparada. Y a la derecha, según se entra en la ciudad por la puerta de San Pablo, después de haber pasado dando tumbos por el mal enguijarrado puente de los doce caballeros, está enclavado un viejo mesón, famoso por su asado y por la belleza de sus mozas.
A una de éstas, María, la encontramos esta radiante mañana de verano seriamente preocupada arreglando los pliegues de su corpiño, porque va a salir jofaina en mano a verter sobre los sedientos cantos del porche el agua que mantendrá fresco el ambiente, al menos durante un tiempo...
Pero, ¿no es demasiada coquetería? No. Ella sabe que tras los emplomados cristales de cualquier ventana del palacio de los Condestables de Castilla, unos ojos de hombre estudian sus movimientos, adivinan sus contorsiones y esperan esa sonrisa final con que ella termina su pequeña labor.
Nadie sabe nada. Ni a quién sonríe, ni desde cuándo. Tan sólo ella...
external image 10309789.3ea026a7.240.jpgTodo empezó cuando llegaron a Burgos, de Valladolid, sus majestades los reyes de Castilla, doña Juana y don Felipe... Un comentario picaresco de una de las mozas del mesón sobre la apostura del rey hizo que la risa de todas ellas sobrevolase las aclamaciones del pueblo, convirtiéndose en el mejor reclamo para llamar la atención del enamoradizo monarca. En efecto, Felipe I, rubio y suave como un príncipe de cuento, volvió sus ojos hacia el grupo y los fijó sobre María. Algo debió de ver que mereciese su aprobación, porque entre el rubor alborozado de la buena moza, continuó con su mirada fija en ella hasta que su cuello amenazó volverse de tanto volverle. Aún se volvió otra vez —saludando con simpatía al pueblo— para otear desde su caballo el grupo que, ya satisfecha su curiosidad, vuelve entre requiebros al mesón. Era cuanto necesitaba saber.

Juan José Ruiz Rojo, Poemas y leyendas


external image 10309842.ca6949c3.240.jpgHoy me he entretenido realizando una suerte de viaje mental hacia lugares de esta ciudad que me traen gratos recuerdos. En la sobremesa sonámbula y tontorrona me he acercado hasta el Mármedi, en esta tarde lluviosa de cielo embarrado y sucio, caminando lentamente sobre los adoquines de la calle La Puebla, brillantes y esmaltados por el agua recién caída.
Allí he jugado al parchís con Pedro, Mario y Raúl, he entablado una dura batalla al ajedrez con Alejandro y he perdido estrepitosamente en el juego de damas ante Cristina, como siempre más oportuna e inteligente que yo.

Ignacio Galaz, Rumor de caracolas

Cuarta etapa Retorno al plano Sexta etapa