Patio de Maristas

Octava etapa del tercer paseo literario

Me acogió un hermano marista, de una estatura tan colosal que para contemplarse en todo su recorrido había que echar tiempo. Y sin más que preguntarme el nombre me colocó en el último pupitre de la clase, convencido tal vez de que nada sobresaliente podía esperarse de un alumno que calzaba zapatillas y se cubría con una camisola hecha con retales.
En el poco tiempo que me fue posible asistir a la clase del marista gigantón me porté bastante bien. Y si no destaqué en sabiduría fue tal vez porque tampoco el fraile me tomó mucha afición, que se pasaban los días y no me preguntaba ni cómo era la letra A, primera del obligado conocimiento.
external image 10337094.215c949e.500.jpgAparte de que en mi casa se suscitaban frecuentes altercados entre mis padres por una convocatoria de huelga a la cual mi padre estaba dispuesto a prestar su adhesión incondicional, pasara lo que tuviera que pasar, que muy bien pudiera ser perder el puesto de trabajo y a ver qué iba a ser de todos nosotros y todo por culpa de ese Pablo Iglesias de los demonios.
La huelga efectivamente se decretó y mi padre abandonó el carro y la mula, sumiendo a la familia en el pánico.
En clase estaba yo cuando la manifestación de los huelguistas pasó por delante del Colegio. Fue un tiempo de espanto. Nos llegaban las canciones horribles, en las cuales se mezclaban los insultos y las amenazas para los curas y frailes:

  • Si los curas y frailes supieran
  • la paliza que van a llevar
  • subirían al coro cantando
  • libertad, libertad, libertad...

...y comenzaron a lanzar piedras contra las ventanas, y la chiquillería, con grandes gritos, corríamos a escondernos, hasta que el hermano gigantón, subido a su estradillo, dominó el clamor: —"¡Callad, coño!". Y sin temor a la pedrea, cerró postigos y condujo al rebaño a la puerta trasera de salida a la calle de los conflictos sociales, que decían los titulares de la taberna. Fue como aquel que dice, mi bautismo de sangre. Y mientras los demás empavorecidos niños se dispersaban camino de su casa, yo corrí a unirme a la manifestación sediciosa.

Victoriano Crémer, Cualquier tiempo pasado

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