Palacio de Castilfalé

Octava etapa del segundo paseo literario

external image 10324813.8202a72f.240.jpg—¡Gracias a Dios!; la calle de Fernán González —exclamó Magda.
En la calle de Fernán González se alzaba el palacio de los marqueses de Rubena. Y era una calle estrecha en la parte vieja de la ciudad, al pie del castillo.
Las calles que fácilmente pueden cerrarse con puertas semejan arcones de recuerdos.
Históricos y bellos recuerdos guardaba la de Fernán González.
En lo antiguo se llamó Vejarrúa —baja respecto a lo que había encima del castillo— y la llamaban también 'el Rual', porque en ella los caballeros se paseaban y cortejaban a las damas —que esto es 'ruar'.
Allí estaban las casas más ilustres: la del conde Fernán González y la del Cid; allí estaba la ermita de Nuestra Señora de Vejarrúa que hizo después iglesia don Juan II, a ruego de la venerable Dorotea. Luego descendió la vida hacia las márgenes del Arlanzón. 'Ruaron' en el Espolón los jovenzuelos. En la calle de Fernán González quedaron las casas de blasonadas puertas. Abandonadas. En ruinas.

María Cruz Ebro, Un pecadillo de amor


external image 10324814.dd654da1.240.jpgUn día cualquiera, sobre las nueve de la mañana, a la altura del palacio de Castilfalé, frente al camarín de la Virgen de la Alegría, los chiquillos en edad escolar del barrio nos dábamos cita para ir juntos al colegio. Cuando estábamos todos, y tras comprobar si había bajas, en pequeño tropel iniciábamos la marcha; de camino por la calle de Fernán González recogíamos a otros compañeros. Todos íbamos repeinados (bueno, casi todos), con gruesos goterones de agua cayendo de nuestras lampiñas y gordas cabezotas; pantalones cortos de viejos paños, reformados de otros más grandes; jerseys de punto hechos en casa (con cremallera o botones en la hombrera izquierda); zapatillas de lona azul con suela de cáñamo, o chirucas de lona marrón con suela de tocino. Los escasos libros de texto los llevábamos atados con cinchas y correajes diversos o con cuerdas de esparto; algunos tenían carteras muy viejas, y otros nada, ni siquiera libros. Casi todos, eso sí, portábamos, atado a la trabilla del cinto o del pantalón, un extraño recipiente para beber la leche que nos daban en el colegio; lo llamábamos tanque, era de aluminio y siempre estaba abollado. Más tarde, con la llegada de la modernidad, cambiamos el vaso de metal por otro de plástico duro, de colores desvaídos, pero éste se rajaba en cuatro días y ya no era lo mismo.

Carlos de la Sierra, Los santos días del pasado

external image 10324815.04440ae7.500.jpgHoy me siento en mejoría
de gracia poder y pan.
¡Qué dilatado mi afán,
oh Virgen de la Alegría!
Hoy yo nada cambiaría
de cuanto adivino y es,
aunque parezca al revés,
oh Virgen de la Alegría.
Prolonga más este día
de bondades y belleza;
brilla en la fe que te reza,
oh Virgen de la Alegría.
Oh Virgen de la Alegría,
hoy me siento en mejoría.
Hoy yo nada cambiaría.
Prolonga más este día.

Timoteo Marquina, Al vuelo de tu Gracia

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