Las Llanas

external image 10309404.539a44b4.500.jpgSegunda etapa del segundo paseo literario

Llana de Adentro. Llana
de Afuera. Suelo llano,
rincones y menudas
plazuelas empedradas de guijarros.
Aquí Burgos dormita. Aquí envejece.
Y la historia recuerda unos palacios
reales, que no son, pero que fueron
cuna de la niñez de un Obispado.

Sombra de Alfonso, el de la Jura. Sombra
de Don Jimeno, el de Auca. En el lejano
resplandor de una corte se proyecta
también la sombra negra —negros hábitos
de un monje negro, que de Francia viene—,
la sombra negra de Adelelmo, el santo.
Quiere saber Doña Constanza, sabe
Doña Constanza de él muchos milagros.
El último, pasar sobre un asnillo
por la riada torrencial del Tajo.

Bonifacio Zamora, Marial o Romancero de la Virgen



external image 10309405.d7aa99f8.500.jpgLa Llana de Adentro es el rincón de las cosas olvidadas. De las perspectivas estáticas y de las figuras de cera. Algo así como el espontáneo museo callejero donde, tras los cristales, se exhibiera el mundillo popular de fines del siglo pasado. Y hasta más distante a veces. Porque bajo sus soportales de verdadero corralón pueblerino, hay un escalofrío —grato— de vieja litografía. Algunos días, la vida de esta plazuela de pueblo perdido, se desenvuelve como en cualquier novela picaresca: tan tibia, tan pintoresca, tan amarillenta, tan pausada. [...]
Al corralón de la Llana se abren también las ventanas chismosas del patio sainetero. Cada momento se está allí esperando que se apaguen todos los rumores, suene música de Giménez y apareciendo dos cabezas tras de los tendederos, comience el diálogo saleroso de las comedias de costumbres. Hasta las chimeneas, en plena libertad de tejado bajo, sienten este extraño anhelo de campechanería.external image 10309403.7aa3ea28.240.jpg
Todo parece teatral, aunque no lo es. Las estrechas puertecillas con escalones, que no se sabe a qué raras estancias pueden dar paso. El pasadizo por el que se entra desde una calle inocente —la de la Paloma— por el que de pronto asoma una puerta pretenciosa con su escudo, como si perteneciera a la decoración que se está preparando para el acto siguiente. Los faroles, con estúpido color para alumbrar cualquier leyenda de espada y candil. Los soportales de tierna sombra dispuesta para el paseo del último hidalgo que ya no existe.
Para escapar a tan falso laberinto, las casas de la plaza vecina han abierto en sus panzas unos túneles vergonzantes, propicios al disimulo. Por ello se desemboca frente al más animado panorama de la Catedral: doseletes, agujas, escudos. Ya entonces la cosa toma aspecto de verdadera ficción. Más que en la realidad palpable, parece que está uno discurriendo por las páginas de un porfolio, donde las vistas se suceden sin posible unión.

Eduardo de Ontañón, Cartones de Burgos

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