external image 10308855.7549949e.240.jpgCatedral de Burgos

Final del primer paseo literario

Dos agujas puntiagudas, talladas en forma de sierra, caladas con festones y bordados, cinceladas hasta en los más mínimos detalles como si fuera el engaste de una sortija, se elevan hacia Dios con todo el ardor de la fe y todo el arrebato de una firme convicción. No serán nuestros incrédulos campaniles quienes osarían arriesgarse en el cielo, sin otro sostén que unas puntillas y piedra y unas nervaduras finas como telas de araña. Otra torre esculpida asimismo con una riqueza inaudita, pero menos alta, señala el lugar donde se juntan los brazos de la cruz, y completa la magnificencia de la silueta. Una multitud sin número de estatuas de santos, de arcángeles, de reyes y de monjes dan vida y animan toda esta arquitectura. Y esta población de piedra es tan numerosa, tan densa y tan abundante que sobrepasa la cifra de población de carne y hueso que ocupa la ciudad.

Théophile Gautier, Viaje a España



external image 10308853.762051d2.500.jpg Dito se encontraba mucho más cerca de las estatuas que adornaban las torrecillas, los pináculos y las agujas de la Catedral; especialmente, de las que miraban hacia su tejado. Sus preferidas eran un guerrero vestido con una piel de león y un león erguido, como un guerrero, que sostenía un escudo en el que estaba encerrado el sol.
Dito jugaba a pensar que, un día, también él iría por el mundo para apresar al sol.
Mientras llegaba aquel día, jugaba a perder la mirada en el misterioso bosque de piedra que formaban las torres de la catedral y las estatuas; a inventar aventuras fabulosas y alucinantes peligros sin cuento.
Unas veces, admitía a las estatuas en sus juegos; otras, eran ellas las que marcaban la aventura.
Gracias a aquellas aventuras, gracias a todos los peligros de piedra vividos en aquel bosque, Dito se hizo amigo de las estatuas que adornaban la Catedral.

Fernando Alonso, El bosque de piedra

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