Calle de Embajadores o Callejón de las Brujas

Tercera etapa del cuarto paseo literario


external image 10467279.5e88d7da.500.jpgBasilio heredó el oficio y el taller de su abuelo y dejó plantada la carrera de Derecho para disgusto de sus padres, sobre todo porque el padre de Basilio se había hecho abogado y se sentía orgullosísimo del salto social que su vida había dado, así que los deseos de su hijo de convertirse en un ebanista los veía como un error imperdonable y una vergüenza contra sus logros y propósitos en la vida, pero Basilio no podía sustraerse a la belleza y a los olores de las maderas nobles, ni a los resultados de los trabajos artísticos que su abuelo y él mismo ejecutaban con tenacidad. Ambos se negaron siempre a realizar trabajos fáciles y, por supuesto, en su taller no entró nunca ni formicas ni aglomerados ni conglomerados y, menos, las falsas láminas que tan bien imitaban a las maderas de calidad y que tantos beneficios aportaban a los colegas que se habían pasado al chapado.
El Callejón de las Brujas, junto al taller de Armando, el luthier, y muy próximo al de orfebrería de Maese Calvo, no admitía romper tanto la tradición como para degradarse recurriendo a falsos esplendores exentos de madera. Nadie como su abuelo y él mismo conocían también los poderes secretos que las maderas aportaban lentamente a quienes las poseían...

Jorge Villalmanzo, "El taller del carpintero"


Meditación al alba en Santa Águeda

No es aún primavera.
Y la niebla se cuelga en los balcones,
algodonosa, incierta...
(El mundo en la niebla se reduce,
se aproxima,
se centra).

Santa Águeda inconclusa;
una farola rota,
las piedras rebrillando,
la gracia en medio punto de la puerta...

external image 10467257.8ad75fb2.500.jpgEs bello amanecerse
—un sin sol—
con cada piedra.
Duelen los guijos
que rimaron los cascos de otras épocas;
y duelen,
lastrando las cabezas,
la incuria, la pobreza,
la miseria...

Me he sentado en la Calleja de las Brujas
esperando en la noche de marzo
a que amanezca.
La niebla me moja los pulmones,
me nimba la cabeza.
Espero tan solo
tan solo que aparezca
la Catedral pinchando las volutas
rumosas de niebla.

Óptimos son el lugar y la hora,
¡canta, canta, poeta!...

Y en la mente, lavada por la niebla
de vanidad y halagos,
surge la idea:
—Señor, aunque no escriba
aunque no sepa,
que, como esta calle
—por lo menos—
sirva mi alma, mi vida, de contraste,
de lugar de apoyo, desde el cual se vea
ese émulo de Dios
que es el poeta.

Juan José Ruiz Rojo, Poemas y leyendas

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